Las Flores de la Señora Lupe y otros relatos

Con este nombre sale a la venta el libro que ha co-editado Milenio y el Ayuntamiento de Aínsa-Sobrarbe y que recoge las obras finalistas del I Certamen de Cuentos y Relatos Breves Junto al fogaril.
Este certamen se celebró en el año 2008 y contó con 140 obras presentadas.
Esta edición ha sido posible gracias al esfuerzo del ayuntamiento y una ayuda de la Comarca de Sobrarbe para la edición.
El libro se presentará en unas semanas en Aínsa y se espera poder contar con la ganadora del concurso, María Victoria Trigo, que con su obra sobre la memoria histórica impactó en el estreno de este certamen.
Las Flores de la Señora Lupe, nos muestra los sentimientos de los desaparecidos en la Guerra Civil Española y el sufrimiento de las familias. Pero además el lector encontrará otros relatos y cuentos interesantísimos y de gran nivel.
Desde hoy ya se puede adquirir el libro en la web de la editorial Milenio y en breve estrá también disponible en librerías de la provincia de Huesca y en Zaragoza.

Esta obra recoge los veintiún finalistas del I Certamen de Cuentos y Relatos Breves “Junto al Fogaril”, organizado por el Ayuntamiento de Aínsa-Sobrarbe y la Asociación Cultural La Aldea de Tou, en el año 2008. Encontrarás lecturas muy interesantes de escritores de diferentes partes de nuestra geografía y también de otros países que te llevarán a diferentes lugares y situaciones. Leerás sobre temas que están en el día a día de nuestra sociedad: inmigración, despoblación, memoria histórica, pueblos, gentes… Esperamos que difrutes de las obras igual que lo hemos hecho desde la organización del certamen con la selección. Esta obra recoge los veintiún finalistas del I Certamen de Cuentos y Relatos Breves “Junto al Fogaril”, organizado por el Ayuntamiento de Aínsa-Sobrarbe y la Asociación Cultural La Aldea de Tou, en el año 2008. Encontrarás lecturas muy interesantes de escritores de diferentes partes de nuestra geografía y también de otros países que te llevarán a diferentes lugares y situaciones. Leerás sobre temas que están en el día a día de nuestra sociedad: inmigración, despoblación, memoria histórica, pueblos, gentes… Esperamos que difrutes de las obras igual que lo hemos hecho desde la organización del certamen con la selección.

Toma de contacto

TOMA DE CONTACTO. Por Oscar García.
Estaba en lo alto, porque este territorio, una tierra llamada Sobrarbe, esta en lo alto; y pensaba sentado en las maravillas que nos aguardaban. Compartir, disfrutar, festejar y también, y porque no, para descansar. Llegaba por La Fueva, la primera vez, y lo que recibimos fue un abrazo, como si siempre nos esperaran de siempre. Su hospitalidad abrumaba a mi pobre cerebro de urbanita. Nos costo acostumbrarnos a tanta bondad, no dábamos crédito a lo que estábamos experimentando. Un nexo que facilito este encuentro, era mi experiencia frente al hogar, en cuyo ejercicio había sido entrenado en mi pueblo con tertulias extensas y gratificantes. Seguimos compartiendo este escenarios con los protagonistas de esta tierra, repartidos por la infinidad del buen espacio; un hogar, una conversación que invitan al intercambio y a estrechar lazos, que aunque no revisados en el tiempo siempre permanecerán; y es que Sobrarbe siempre permanecerá; en nuestras conversaciones, esfuerzos, vidas y corazones. Siempre eso si, con un deseo: que el humo permanezca en esas chamineras, que el olor a vida inunde todos los lugares y que podamos compartir lo que queramos compartir.
Era de esperar que durante este tiempo haya habido espacios para la frustración, la pena e incluso la desesperanza; pero fijaros bien, con sólo levantar la cabeza y divisar el norte, te das cuenta que en este territorio no caben esos sentimientos y que hay que empujar el futuro; como si subieras a la Peña, o girando la cabeza hacia la izquierda te dieran ánimos para subir con las Tres Hermanas.

La cesta

La cesta. Por Antonio Revilla.
La cesta llegaba puntualmente cada año, semanas antes de Navidad. Era una de aquellas maletas de mimbre, con asa y herrajes pintados de un marrón oscuro, asegurada con cordeles, de los que colgaba una tarjeta de cartón con nuestro nombre en el anverso y la dirección de mis abuelos en el reverso.
Nos reuníamos alrededor de mi madre para no perdernos detalle del rito de abrirla, cortando con cuidado los cordeles, que se guardaban, e incluso la tarjeta, que podía reutilizarse escribiendo “remite” sobre nuestra dirección: como veis, el reciclado no es un invento moderno. La tapa se levantaba, y el contenido aparecía ante nuestros ojos admirados.
Lo primero que veíamos eran los membrillos y las nueces: el pardo oscuro de las cáscaras de nuez, y el amarillo dorado de la piel del membrillo. Conocíamos bien esas nueces, pequeñas y prietas, que aún conservaban su telilla negra, y esos membrillos fragantes y de carne dura, gustosa, que a veces se guardaban en los armarios, como precursores de los ambientadores; pero nueces y membrillos eran apartados, y mi madre levantaba la tela blanca que escondía los tesoros que todos esperábamos.
Nada más apartar sus pliegues, allí estaban ante nosotros, negras, redondas, encerrando mil promesas de placer, las tortetas y las morcillas. Sabíamos que venían del mismo tocino que, durante el verano, habíamos alimentado en la cuadra, bajándole cada día su pozal de pastura, aquellos tronchos de col, las peladuras de patata cocidas durante largas horas sobe el fuego de la cocina de leña. De la sangre de aquel tocino, del arroz, de los piñones, del trabajo de las mondongueras durante las largas horas de la matacía, venían aquellas maravillas que ya degustábamos con la imaginación, fritas, calentitas… o, casi mejor aún, frías la mañana siguiente, cuando, más o menos furtivamente –porque todos sabían que era yo- acababa con los restos de la cena.
Pero mejor aún que la promesa del sabor era el olor, ese aroma que, ahora, cuando escribo, evoco con la misma intensidad de siempre. Olía las tortetas y las morcillas, aspiraba el aire intensamente, para que inundase mis pulmones, y el efecto era inmediato: salía de mi casa barcelonesa, volaba sobre las viejas carreteras interminables, las largas travesías de los pueblos, las incipientes caravanas de seiscientos, doscaballos y pegasos, pasaba ante las obras de los pantanos, erizadas de grúas, subía sin esfuerzo las rampas del Alto del Pino, y en pocos segundos ya tenía a mis pies los campos del Sobrarbe; dejaba a mi derecha la Peña Montañesa, saludaba las cimas nevadas de Treserols, y descendía lentamente, muy lentamente, guiado por los reflejos del sol en las aguas de mi río entre los chopos desnudos y las sargas moradas del otoño.

Col de Boucharo

Col de Boucharo. Por Antonio Revilla

Quando los primeros rayos del soleil ya pasan por encima de la Penna Montannesa, hace tiempo que soy llegado a la raya del col de Boucharo; me siento en una pierre, sudando, me desabrocho el chaleco, m’aflojo la corbatte, y espero los guías de Toglá que suben a buscarme con los machos, para ajudarme con los bagages, que porto tres baúles medianos y mi cammera fotografíca compacta de 18 kilós.
Dejo detrás la dulce France, y a mis pies se extienden las azules montannas del Sobrarbe. Ayer, cuando me despedía de los amis, se rigoleaban bien de mi: “Le Sobrarbé, le Sobrarbé, tiens!, que es que tu le encuentras a le Sobrarbé? Un pays de sauvages, de hommes que s’afeiten con la dalle, que sienten como les boucos… Has tu conocido alguna bella sennorita, hein?” ¿Cómo les decir que amo bien esas tierras duras, esas gentes, que ahora que sé que he vuelto mi coeur batte como el de un garçon que sale con una fille por la primera vez?
Ya siento las voces de los guías: pronto bajaremos por las rápidas pendientes, y entraremos una vez más en su village: todos nos estarán esperando en la plazá: los pequeños infantes roñosos y de pies nudos, las viellas de negro, con sus moustachos, los viellardos, de calzón corto, que siempre me dicen lo mismo… “¡Ah, cagüén, el francés, qué jodido…! ¿otra vez dando mal por aquí…? ¿Qué no tiéns casa…?” Si que en tiengo, si: aquí, entre vosotros…
Me llevarán a la mejor maisón, y me ofrecerán la alcoba de la vieja cama de colchones altos y mantas lourdas: cenaré farinetas de afrecho hechas con sebo y ajo, beberé vino aspro y piqué, y vendrán a me visitar el curé y los carabineros, tan gentiles, que ya no me demandan los papiers, y me saluden llevándose la mano al tricuerno.
Mañana, cuando me leve, sortiré a los caminos y las routas del Sobrarbe, recorreré sus pueblos, faré des fotós de sus iglesias, sus casas, sus sennoras de vestidos almidonados, sus comerciantes hospitalarios que están inventando le tourisme rural… pasaré pour las gargantes, veré los fleuves cantando sobre sus pierres blancas, los árboles, los mallos y las cimas… grabaré todas esas cosas en mi coeur, porque sé que alguna vez será la dernière, que no volveré pas, que yo moriré lejos de aquí, en tierra llana, y que nádie se acordará de aquel franchute que los ha tanto amado bien.
Los guías son llegados: Sobrarbe me espera: allons-y, Lucién!!

Amargo adios

AMARGO ADIOS (Un pueblo de Sobrarbe, año 1977.) Por Antonio Vila

El destino había decidido que Jesús debiera nacer en aquella tierra dura y desagradecida ochenta años atrás. Tierra de pueblos desolados y casas en ruinas: “Sobrarbe”. Hoy aquella palabra no significaba casi nada. Tan apenas se utilizaba. Sin embargo, aquel nombre y aquella tierra encerraban siglos de historia.
Tiempos en que sus habitantes habían luchado por su territorio y por su libertad escribiendo páginas imprescindibles para poder comprender el nacimiento del poderoso reino de Aragón.
Conoció, a lo largo de su vida, todo tipo de miserias y privaciones. Se sentía orgulloso de haber vivido todo aquello, o mejor dicho, de haberlo sobrevivido. Y, sobretodo, de haber podido dar a sus hijos una vida mejor que la suya, lejos de allí. Ahora se encontraba solo, viudo, y lejos de su familia. Viendo cada día el mismo paisaje, las mismas calles empinadas cada vez más desiertas. Apenas quedaban ya jóvenes y niños. ¿Quién iba a querer vivir allí? Pero Jesús tenía motivos para sentirse feliz. El domingo vendrían sus hijos y le llevarían con ellos. En Barcelona no le faltaría de nada. Buen clima, calefacción en el piso y todas las comodidades de las que aquí carecía. Le habían preguntado si echaría de menos el pueblo. ¿El qué?, si en su pueblo ya no quedaba nada que echar de menos.
Llegó el día señalado y Jesús hizo las maletas sin vacilar. Se despidió de vecinos y amigos sin perder la sonrisa, compadeciéndolos por no poder seguir su suerte. Pero al girar la llave en la cerradura del viejo portón, todos los sentimientos que había conseguido mantener a raya hasta entonces, comenzaron a aflorar. Se metió en el coche con expresión triste y miró hacia atrás cuando abandonaron el pueblo. En
silencio lanzó el último adiós y se sintió como el amante que no valora a su pareja hasta el momento en que se da cuenta de que la ha perdido para siempre. Viajó en silencio, aquel nudo en la garganta le impedía articular palabra. Sus ojos se humedecían continuamente y montones de recuerdos le atormentaban. Se podrían contar con los dedos de una mano las veces que había llorado en su vida adulta, pero ahora no lo podía evitar al comprender que amaba a aquel maldito país mucho más de lo que había imaginado. No conseguía comprender como unos pueblos que durante siglos habían resistido a toda clase de calamidades, podían desaparecer. Cuando abandonaban las últimas tierras de Sobrarbe y ante la insistencia de su hijo y nuera preguntándole si se encontraba bien; con la voz quebrada, acertó a pronunciar una frase que quedó flotando en el aire. Sonó solemne, como si se tratara de una premonición:
– Hoy nos vamos… Pero algún día la gente volverá.

Tener pueblo

Tener pueblo. Por Javier Revilla
Nací en Barcelona en 1.960. Conozco Sobrarbe desde muy pequeño. Mi padre, hijo de Boltaña, nos llevaba a toda la familia-éramos muchos- cada vez que podía. Solíamos ir todos los veranos, por semana santa y creo que alguna Navidad. En el coche, en el interminable trayecto desde Barcelona, reinaba siempre un ambiente de fiesta que iba aumentando cuando llegábamos primero a Barbastro dónde desayunábamos y luego al alto del Pino desde el que se comenzaban a divisar las altas cumbres pirenaicas tan queridas. Todos los hermanos; los mayores y los chicos, nos sentíamos excitados y olvidábamos las incomodidades del camino.
Teníamos ganas de ver a la familia… En mi caso, solía entrar en la casa de la calle San Pablo y tras saludar a los que hubiera , subía como un loco la escalera para ya en la cocina beber varios vasos de aquella agua tan fresca y sólo entonces recorrer la casa buscando las novedades que pudiera haber… Volvía a estar en la casa que sentía como propia.
Cuando regresábamos, el mismo trayecto, se hacía más largo, el ambiente menos alegre.
Me gustaba volver a casa, comer lo que traíamos del pueblo: judietas, tomates patatas, longaniza, pan, paté casero… Disfrutar del acento (la voceta) que en Boltaña me habían contagiado y alargarlo hasta que se gastara del todo. Pero siempre ¡siempre! tenía –teníamos todos -ganas de volver. Más tarde venía el explicar a mis amigos de clase que en mi pueblo, que nadie conocía , habitaban todos los prodigios; que circulaban burros cargados de panes, que yo me había subido a uno, que en las casas tenían gallinas y conejos, criaban tocinos, que los rebaños subían y bajaban por las calles .Les decía también que había un río claro (que al llover se volvía marrón no lo decía) que en nada había de envidiar al largo Nilo, al exótico Orinoco, o al Danubio azul, de los que inexplicablemente si hablaban los libros.
Desde entonces han pasado muchos años y muchas cosas. Vuelvo cuando puedo dependiendo, al no tener ya casa a la que ir, de mil y una azarosas variables. He ido conociendo muchos más lugares, andado por bosques y pedregales, dormido en prados, escuchado y visto muchos ríos, Conozco, para bien y para mal, a más gente, veo los pueblos más vacíos, algunos ya olvidados , deslomadas sus casas, al “abrigo” de esos montes tan amados. Sufro como propios los cambios irracionales y me felicito de las decisiones que ayudan a solucionar un problema y a no crear uno nuevo. Y me preocupo también en transmitirle a mi hija parte de ese amor que le tengo a un pueblo y a una tierra, sabiendo que difícilmente ella pueda heredar esa alegría y tristeza de tener pueblo.

Y estaba sentado

Y estaba sentado… Por Oscar García

En la cadiera, sin más ni menos; en la cocina que tantos gustos nos daba. Sentado en la necesidad de recordar.
Esta es la historia; un pueblo en el que todo era silencio; los vecinos que estábamos, éramos y no pocos entusiastas, amigos de ver luces. Luces de fiestas, de amigos que se encontraban y de los que estábamos.
Un lloro, una lagrima se desvanecía entre nuestra mejilla cuando amanecía y volvíamos a nuestro lugar de trabajo, lejos del lugar de huertos, parideras, campos, faitias, y tablares con colmenas.
Recordamos lo que decíamos, al ver la Peña por la noche, soñabas bruixas, y cuando las veías, animaba a refugiarse en bordas o cabañas.
Por no decir la atracción que supone la luna llena encima del campanario, que se disipa con el aullido del lobo que coexiste pero que habita en lo hondo de nuestro sentir.
Lobo amargo, que vino con largas zarpas a destruir un futuro, unos habitantes. Los otros se fueron, los demás coexisten en armonía relativa; pero allí están en armonía. Porque si de algo podemos sentirnos orgullosos, y aunque alguno no sea del territorio, es de que somos un túnel de esperanza entre comarcas, fiel espejo del que lucha; y porque no luz del que esta al otro lado del pasillo de Usana.
Y allí parábamos en el paraje de Villarcillo, inquieto, pero solemne; y aún nos atrevíamos a ponernos de pie para divisar al rafe de la Peña, un paisaje tan inquieto como los que le amamos.
Amor que no espera nada, como el barranco de Buixitar, que nos trae agua cuando no esperamos agua.